viernes, 6 de junio de 2014

"Las palabras no hacen más que ocultar la realidad"


Con un café y un periódico, he llegado a la conclusión de que la situación que España vive en estos momentos, de crisis y políticos corruptos, de jóvenes que no aceptamos el mundo que nos imponen para vivir, de hijos que no hacen lo que deben y toman un mal camino, de relaciones con hombres y mujeres infieles. Los problemas de hambre, de que haya gente sin casa, los desahucios, todo... solo tiene un culpable, una en este caso: LA PALABRA. 
  La palabra ha sido creada para facilitar la comunicación entre las personas, para guiarnos por buen camino hasta el entendimiento, para crear pactos y ponernos de acuerdo a fin de convivir todos en un mundo. La palabra nos diferencia de los animales, todo eso, si le damos un buen uso. 
  Con todas estas ideas flotando por mi mente, ha sido avenida a ella un artículo de Mariano José de Larra en el que recoge algunas ideas bajo el titulo de "Las palabras". 
  La literatura de Larra pretende ser imagen de compromiso del escritor, concibe la literatura como proyecto de libertad y escribe sin pautas estéticas, le da más importancia al contenido que a la forma, podríamos decir que más que un autor romántico, es un autor neoclásico. 
  
Durante su vida ha sufrido una serie de cambios que han hecho que en sus años como literato se haya preocupado mucho por el uso de la palabra, pero para no excederme en cuestiones biográficas voy a dejar un enlace en el que podréis leer con detenimiento cuáles fueron los sucesos que hicieron que Larra le diese mucha importancia a las palabras : ( http://www.cervantesvirtual.com/bib/bib_autor/larra/autor.shtml ) 
  
En el artículo que nos ocupa, Larra denuncia que las palabras ocultan la realidad, según su opinión, las palabras no sirven para expresar la razón del hombre. 
 En el comienzo de su artículo, en el que conjuga narración, diálogo y ensayo, hace en mi opinión una clara referencia a la frase de Hobbes: "Homo homini lupus est" que traducido al español significa "el hombre es un lobo para el hombre". Este autor pretende demostrar que esta frase no es cierta pero no diciendo que el hombre no es malo, sino que el hombre no puede ser comparado con un animal, porque aunque este último es un ser irracional, Larra los considera de una manera diferente "Todo es positivo y racional en el animal privado de la razón" 
Cree que los irracionales son los hombres que utilizan las palabras solo para entorpecer el diálogo entre los hombres. Y hace una ingeniosa alusión a que entre los animales, al no haber palabra, hay una mayor comprensión, ellos no pueden mentir a través de las palabras y no usan su poder persuasivo: "La hembra no engaña al macho, y viceversa, porque como no hablan, se entienden". 
Hace también una crítica a la Real Academia de la Lengua diciendo que las normas son puras convenciones que un grupo de personas deciden y que son acatadas por el resto de la sociedad a través de la comparación del mundo animal con el de las personas, haciendo la suposición de que si el mundo animal poseyese el don de la palabra acabaría en un mundo corrompido, como el de los humanos, un mundo con un líder, con robos, asesinatos y delincuencia. En conclusión, en el mundo animal, al no haber palabra, no hay mentira, todo es verdad, todo lo contrario que en el mundo de los humanos. 
Para continuar con su crítica al comportamiento humano, habla ahora de que el hombre, a pesar de poseer el don de la palabra, es un ser crédulo e ingenuo, que se deja guiar por lo que dicen los demás, por las palabras, que engañan..
Y esta es la idea que Larra quiere resaltar en su artículo "Las palabras", que estas son solo un arma para manejar al pueblo, y al hombre con sentido genérico (al ser humano) y que son más felices aquellos que no manejan las palabras porque no pueden ser engañados a través de ellas. 

"Tal es la historia de todos los pueblos, tal la historia del hombre... palabras todo, ruido, confusión: positivo nada. ¡Bienaventurados los que no hablan, porque ellos se entienden!" 

Para concluir, he de decir que llegué a la conclusión de escribir sobre este artículo de Larra, porque yo misma tuve también el pensamiento de que si hiciésemos un buen uso de las palabras, el ser humano se entendería y todos los problemas del mundo podrían ser solucionados.

jueves, 5 de junio de 2014

Sobre «Vuelva usted mañana» o grandes excusas españolas de ayer y de hoy


¿Cuántas veces hemos tenido que resolver un asunto o solicitar algún documento en alguna oficina de la administración pública? Sin duda, alguna que otra vez. Ahora, ¿cuántas el trabajador de turno se ha excusado para, de una u otra forma, no poder ser atendido y ser rechazados con la expresión: vuelva usted mañana? Ciertamente, más de las que quisiéramos. Y es que en España el vicio de la holgazanería no es algo nuevo. Ya Larra (1809-1837) lo recogía en uno de sus artículos de costumbres, que «casualmente» se llama así, Vuelva usted mañana. (Podéis acceder al texto íntegro en el siguiente enlace: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/vuelva-usted-manana--0/html/ff7a5caa-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html#I_1_).


Frecuentemente, los artículos de Mariano José de Larra suponen un híbrido entre ensayo y narración. Es por ello que en el presente, encontramos características de ambos géneros. Los aspectos narrativos son fácilmente observables en casi toda la composición:

Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino «volver siempre mañana», y que a la vuelta de tanto «mañana», eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.

La forma ensayística se puede ver en la utilización de la primera persona, además de  la invitación a la reflexión y a la participación del lector que ofrece el autor de la composición:

¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy [...].

A lo largo del artículo se exponen situaciones que resaltan la intención satírica y jocosa que pretende. Es además Larra un magnífico exponente de la utilización de frases lexicalizadas. Estas expresiones ayudan a la apelación del lector, pues no solo pertenecen al habla coloquial, sino que a menudo son tergiversadas para acentuar este efecto: Hágase el milagro y hágalo el diablo.

Larra −quien cuenta los hechos− aborda la situación española de la época: un extranjero llega a España para indagar en la historia de sus antepasados. Durante su estancia, se ve dificultado por la imposibilidad de tratar con el genealogista experto, al no estar disponible en ninguna de las ocasiones que lo solicita.  

Es propio de los autores costumbristas como Espronceda o Fernán Caballero, intentar crear una imagen propia de España, más real. Este efecto es conseguido con la utilización de varios puntos de vista. Así, en el artículo en cuestión, son las voces de Larra y la de un extranjero las que nos guían en la construcción de esta visión de la realidad española. Sin embargo, es cierto que la perspectiva  de los extranjeros no llegaba a ser lo creídamente objetiva como se pensaba, pues estos llegaban a España con ciertos prejuicios: su visión del país es la de una tierra devastada tras las guerras napoleónicas:

Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica, de estos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y pregunta si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.

Tras esta clara crítica a la sociedad española, se encuentra la idea de la vida como Carnaval: desenmascarar a toda una nación y a una clase social que impide el avance de este país.
Larra pretende transmitir una imagen de compromiso: literatura como proyecto de libertad. Reside aquí una idea muy romántica, si bien es cierto que el propio autor se considera portador de una estética neoclásica en parte de su obra.

Intentar  liderar el camino del progreso social a través de la literatura, es quizá el objetivo de este artículo y de muchos otros de su cosecha; una meta común a los escritores de artículos costumbristas, que con su moralismo característico realizan un amplio recorrido por los defectos y atrasos de los que todavía hoy aquejamos en España. No diré más. Citando al autor: ¡Eh, mañana le escribiré!

miércoles, 4 de junio de 2014

Derramemos el vino sobre las frescas rosas

“Lo clásico”, algo continuamente repetido en Literatura. Aunque no se valoren ni se reconozcan los textos y en general la cultura occidental están llenos de referencias al mundo grecolatino; a quién no le suenan las hazañas de Hércules, el mito de Dafne, los dioses del Olimpo o la invocación a la Musa. El propio término “lírica” proviene de los orígenes del género, que se acompañaba con la música de un instrumento. Y no solo hablo de mitología entendida como conjunto de mitos, hay autores y obras que no dejan de ser rememorados a lo largo de los siglos: el género pastoril siempre emula a  las Bucólicas deVirgilio, rasgos de los poemas amorosos de Catulo o de Ovidio persisten en poemas posteriores y los viajes llenos de peripecias no pueden dejar de recordar al nostos del Odiseo de Homero. ¿Se puede decir que haya momentos en que todos estos motivos sean mucho más recurrentes? El Renacimiento es una vuelta a lo clásico, un renacer del resplandor del mundo grecolatino y no hay más que leer a Garcilaso para comprobarlo pero es que el Barroco, con Góngora y Quevedo a la cabeza, también está repleto de referencias a mitos y pensamientos clásicos y siguiendo con el campo de la lírica ¿qué pasa con la poesía del siglo XVIII? Pues pasa lo mismo. Recordemos que a partir de 1760 empieza a cultivarse lo que se denomina poesía Rococó, esa suavización de las formas barrocas que tiene como resultado composiciones en versos cortos y ligeros, de sintaxis sencilla y léxico sensual. Para la temática no hay más que buscar los puntos comunes entre las Anacreónticas de Cadalso (ojo al título) (Al pintor que me ha de retratar ), los Idilios y sonetos de Jovellanos (Idilio sexto. A Galatea )y las Odas de Meléndez Valdés (Oda VI. A Dorila ).
La exhortación al goce de la vida, el tan trillado carpe diem, ¿con qué lo relaciona Meléndez?

Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
de leve el viento aspira

y entre brindis suaves
y mimosas delicias
de la niñez gocemos
pues vuela tan aprisa.


Las parras y el brindis por un lado, el gocemos por otro. El primero en admirar líricamente los placeres de la comida y la bebida fue el poeta griego Anacreonte en sus poemas sobre banquetes en los que los comensales no dejan de pedir al escanciador que rellene sus copas: se la llama poesía hedonista (Derramemos el vino sobre las frescas rosas,  que es flor de los amores.  Apuremos las copas ciñendo nuestras sienes con floridas coronas) y en los primeros poemas de los escritores diochescos es muy recurrente. Cadalso también acepta sin problemas la filosofía dionisiaca: pide ser retratado no como un noble y solemne guerrero sino como un Baco Bromio con copa en mano. Y tanto en el texto de Meléndez como en el de Cadalso se hace hincapié en la importancia de la compañía amorosa (Ven, paloma mía le dice el extremeño a Dorila; que lo retrate junto a su Filis, con semblante amoroso, y en cadenas floridas, prisionero dichoso, el gaditano), y esta no vive en discordancia con la corona de pámpano (cfr. Bacanales). Y esto enlaza con la poesía amorosa de corte galante, porque si unas veces se canta la compañía de la amada otras se alaba su belleza y la admiración hacia ella; aquí entran en juego los nombres ficticios que los autores dan a sus amadas. La Filis de Cadalso (cuya muerte es el motivo del tono de sus Noches lúgubres) es una heroína, de la que habla entre otros Ovidio en sus Heroidas; Jovellanos menciona a Clori, ninfa raptada por el Céfiro (viento personificado muy mencionado en los poemas: De la primavera y,  junto a Meléndez, a Galatea, la misma de la que se enamora el cíclope Polifemo que también trata Ovidio y posteriormente Góngora.
La Traducción de Catulo de Cadalso es una ficticia continuación del poema que el poeta latino dedica al pájaro de su amada Lesbia; y Nicolás de Moratín ─aunque a este todavía no se lo puede incluir completamente dentro de la estética Rococó─ escribe una apología al torero Pedro Romero  ) repleta de personajes mitológicos (Apolo, muy relacionado con los juegos y al que se debe la simbología de la corona de laurel; Aquiles, recordado por su valor; Venus, diosa de la belleza; Jasón, que también tuvo que enfrentarse a toros…) y que comparte estructura y tema con los epinicios pindáricos, composiciones en honor a campeones olímpicos que eran comparados con héroes y dioses. 

¿Y qué miga se le saca a esto? A pesar de que la poesía Rococó no destaca precisamente por la densidad de su mensaje sí se puede extraer del hecho de que se recurra al mundo clásico el anhelo de una vida más pura, dulce y sencilla, paralela a la Edad de Oro de Hesíodo y Ovidio.



POESÍA DEL XVIII, POESÍA DORADA

Es sabido por todos que los movimientos literarios no eliminan del todo sus huellas al comienzo de otros. Es difícil, por no decir imposible, establecer pues un punto y final a un movimiento para que comience el siguiente, distinguiendo formas métricas, motivos, temas, sintaxis, etc.
Hemos visto que a lo largo de toda la literatura española (por centrarme en la que me interesa) ningún movimiento ha tenido su fin justo cuando ha comenzado otro, es frecuente que dos movimientos hayan convivido en una misma época o incluso que el nuevo que surge siga explotando los mismos recursos que el anterior antes de desvincularse totalmente de él.
Es justo esto lo que ha pasado en el siglo XVIII, pues tras el Siglo de Oro comienza a cultivarse una poesía ilustrada, pero que no prescinde de los temas y motivos de la poesía del Siglo de Oro sobre todo en la primera etapa de la poesía dieciochesca.
Para comenzar vamos a centrarnos en un poemas de José Cadalso: "Letrillas satíricas imitando el estilo de Góngora y Quevedo." No es necesario leer más de dos estrofas para darnos cuenta de que este poema es claramente una reelaboración del poema "Que pida a un galán Minguilla" de Góngora. El cual constaba de veintiuna estrofas con un estribillo corto o leitmotiv cada dos versos dentro de la estrofa: "bien puede ser", "no puede ser".
Del mismo modo alterna Cadalso, dentro de las doce estrofas de las que consta su composición, en cada una de ellas, dos versos después, un estribillo o leitmotiv similar al de Góngora : "ya lo veo", "no lo creo".
Podríamos decir que ambos son una sátira de oficios o de estados en las que se critican arquetipos sociales desde punto de vista del autor, ya sea Cadalso o Luis de Góngora, máximo representante del culteranismo.
Tal y como fue "Que pida un galán Minguilla", este poema de Cadalso es una estructura moderna de las Danzas de la muerte y podríamos decir que ambas composiciones se recuperan presupuestos medievales.

Para continuar con la comparativa de la poesía dieciochesca con la más áurea época de nuestra era, comparemos pues el poema de Meléndez Valdés (máximo representante del Neoclasicismo) con los sonetos de Garcilaso y Góngora ("Soneto XXIII" y "Mientras por competir con tu cabello" respectivamente).
Como podemos comprobar, el poema "A Dorila" comparte tópicos y temas con los anteriormente citados sonetos. El tópico del Carpe Diem está presente en los tres autores, Góngora hace imitatio del Colligo virgo rosae que realiza Garcilaso en su "Soneto XXIII" y más tarde, en la poesía dieciochesca lo mismo hace Meléndez Valdés con "A Dorila".
"Coge muchacha la rosa" esta ultima ( la flor) como símbolo de juventud, un realzamiento del Tempus fugit y una invitación a vivir el presente a través del tópico del Carpe diem por parte de los tres poetas, cada uno en su época cuyo destinatario quizá pueda ser un mismo lector.
Aun haciendo Meléndez imitatio de los tópicos Carpe Diem, Colligo virgo rosae y Tempus fugit, no la hace de la estructura métrica del poema asi como de la sintaxis y estilo del mismo, puesto que "A Dorila" se encuadra dentro de la estética Rococó, considerada una forma suave del barroco al que pertenecen los dos anteriormente citados poemas.

Y para concluir voy a aludir rápidamente a la especial similitud que podemos encontrar entre "De mi vida en la aldea" de Meléndez Valdés con la "Oda I: Vida retirada" de Fray Luis de León.
Para comenzar con la comparativa es menester decir que ambas composiciones son odas y que comparten el tema del mundanal ruido. Abandonan la ciudad (que usan para hacer una crítica a la sociedad), cada uno adaptándola a los problemas del momento. Fray Luis critica a todos los poderes, y Meléndez, en su versión más actualizada y adquiriendo el papel de poeta ascético critica los vicios que en su época corrompen la sociedad, tales como el ocio(criticado por varios poetas del siglo XVIII) y el juego.
Ambos poetas describen la huida del mundanal ruido y cuentan sus experiencias en el campo donde el alma controla los deseos y las pasiones.
Como anteriormente he dicho el poema de Melendez, siendo Rococó, usa unas formas más relajadas y con menos sobrecarga de motivos, exclamaciones y preguntas retóricas.

Tras el repaso y la comparativa de los anteriores poemas, podemos destacar que el Rococó usa los mismos motivos y temas que usaba el barroco de una manera mucho más relajada e introduciendo poco a poco el pensamiento ilustrado en su poesía.
Exceptuando por supuesto, a José Cadalso, al que encuadraríamos dentro de la corriente de estética posbarroca y que guarda más similitudes con el siglo áureo.

sábado, 31 de mayo de 2014

La presencia de la sátira en el siglo XVIII

Es la sátira la forma de expresión de la que el poeta se ha servido como arma para luchar  contra las pretensiones de la época a la que pertenecía. De origen griego, fue difundida con éxito a través de los distintos periodos artísticos de cada época; así, vamos a encontrarnos con muestras satíricas en la literatura de numerosos países, ya sea  en poesía o en otros géneros, como el narrativo o el poético. 

A través de un estilo cargado de ironía, imágenes paródicas e hipérboles que ridiculizan, los artísticas han conseguido transmitir una crítica social que, aunque pertenezca a un tiempo remoto al lector en cuestión, puede seguir teniendo cierta vigencia −véase, por ejemplo, las letrillas satíricas de Quevedo, que bien podrían ser aplicadas en la época actual−.

De esta forma, en la primera parte del siglo XVIII en España nos encontramos con una corriente poética que sigue la tradición del XVII: una poesía moral y satírica, muy del estilo del salmantino Quevedo. Diego de  Torres Villarroel es uno de los precursores de este tipo de poesía. Sus poemas tienen como rasgo común el tono satírico y burlesco hacia la nobleza y los cortesanos de la época, a favor de la vida campesina y las costumbres mundanas. Especial atención hay que mostrar a la conclusión a la que Villarroel llega en Ciencia de  los cortesanos de este siglo: el origen común del ser humano. Este es un pensamiento muy ilustrado: pese a la división estamental de la sociedad, el origen de la especie humana es compartido tanto por un noble como por un campesino.  Tópicos ilustrados como el del «noble inútil» y el del «menosprecio de corte y alabanza de aldea»−cultivado ya en épocas anteriores: Antonio de Guevara, Quevedo, o el mismísimo Miguel de Cervantes− se ven perfectamente desarrollados en este soneto.
Sin duda, el germen de estos poemas satíricos cultivados en el XVIII debe atribuirse a uno de los genios del género en el siglo de Oro: Quevedo, maestro del uso del lenguaje conceptista, con metáforas e hipérboles cargadas de un tono irónico que llegan a rayar en lo paródico.

Diego de Torres Villarroel
Vuelve a ser la sátira la protagonista, esta vez, en una pieza teatral del mismo siglo: La Comedia nueva o el café, de Leandro Fernández de Moratín. Se trata de una comedia satírica que se burla de los autores «incultos», que no aceptan las nuevas características que se incorporan con el neoclasicismo al género teatral (Cf.: http://hispanoteca.eu/Literatura%20espa%C3%B1ola/Siglo%20XVIII/El%20teatro%20neocl%C3%A1sico.htm).  Es esta obra el ejemplo perfecto para demostrar que la sátira no siempre se dirige hacia una clase social determinada, como puede verse en el caso de la obra de Villarroel, o como se vio en la poesía quevediana del XVII. Moratín hace uso de la metaliteratura para criticar la forma de hacer teatro que él consideraba en decadencia: es este el  sujeto de la crítica del dramaturgo.

Como vemos, es la sátira uno de los géneros predilectos en épocas donde el descontento político y social del pueblo está patente, siendo los artistas los encargados de plasmar este desacuerdo popular, así como de suministrar un sentimiento crítico, camuflado con la ironía de su estilo, en aras del cambio y la mejora de la sociedad en todos sus aspectos. 

viernes, 30 de mayo de 2014

El cuento en el Romanticismo

El idealismo de los caballeros andantes, de los héroes que rescatan a víctimas en apuros, es inevitablemente un motivo atractivo para cualquier lector corriente; si el medio de lectura es  asequible, llega a casi todos los estratos de la población y además utiliza las características del folletín,  la recepción de estas historias se dispara. Hablo de los cuentos del Romanticismo, esas breves historias publicadas en prensa y de temas variopinto que no olvidan los ideales románticos, pero que siempre suelen contener un componente caballeresco y medieval. Pongamos como ejemplo el relato de Juan Manuel de Azara Los bandoleros de Andalucía, publicado la revista Semanario Pintoresco Español en dos partes.
En un viaje desde Córdoba a Cádiz, siendo al parecer práctica normal, son detenidos dos hermanos y dos hermanas en medio del camino por un grupo de bandoleros algo asalvajados cuyo jefe estaba ausente. Los abusos estaban a punto de llegar a puntos preocupantes cuando llega el verdadero capitán de la cuadrilla que reprende el comportamiento vergonzoso y poco racional de sus compañeros y mata al instigador del mismo: (escrito en el castellano de la época)

La partida de José María no viola mugeres ni maltrata á los hombres: si nos hemos echado al camino ha sido para vivir, pero no para hacer daño.

Es el salvador en toda regla, pero no un salvador cualquiera, un salvador bandolero. Se dan pues dos elementos: el encomio a la vida libertina y marginal, que se presenta como exenta de vicios,  y el mundo de las aventuras como acción: un viaje, una parada en un mesón ─con dueño manchego, casualmente─, acumulación de intriga, víctimas en apuros, héroe avispado que llega a caballo...
Fórmula parecida nos encontramos en Una nariz de Manuel Bretón de los Herreros. Su cuento relata los intentos de cortejo de un poeta a una dama cubierta con una máscara, él pretende hacer un encomio a su belleza, a la manera en que lo hacía el prototípico amante cortés (no hay que irse tan lejos para ver esto), su plan se desbarata cuando al quitarse ella la máscara se encuentra con una protuberante nariz y huye despavorido. Podría quedarse así el cuento en sátira, en una parodia de los amoríos estúpidos de las novelas idealistas del Siglo de Oro escenificada en una fiesta de disfraces de la época, pero la condición del caballero –poeta- y el desenlace –la nariz horrorosa resultó ser una segunda máscara, él queda avergonzado- convierten el cuento en una crítica a las pretensiones esteticistas y a la amoralidad de los literatos. De nuevo las ideas modernas de los románticos se funden con elementos idealistas para hacer atractivo el contenido. Nada nuevo al fin y al cabo.


El relato de Juan Manuel de Azara lo podeis encontrar en los siguientes enlaces:

lunes, 26 de mayo de 2014

De ilusiones y dulce desvarío


El estudiante de Salamanca (1839), de nuevo el Romanticismo español, de nuevo el mito donjuanesco, esta vez de manos de José de Espronceda, extremeño ─por casualidad─ conocido por su Canción del pirata
Dejando a un lado el argumento (recúrrase a Google), esta leyenda poética es recomendable para todo aquel que quiera tener una idea más que general del Romanticismo español, ofrece una excelente recopilación de elementos románticos y de tradición española: la personalidad del protagonista (segundo don Juan Tenorio, alma fiera e insolente, irreligioso y valiente, altanero y reñidor); su acción que, en un principio paralela a la de la obra de Zorrilla,  carece de redención para Don Félix, la rebeldía persiste hasta el último momento; imágenes fantasmagóricas, un aquelarre de espectros y el entierro del propio Don Félix, todas ellas visiones que ya habían sido tratadas en obras españolas anteriores; la diversidad estética reflejada en el uso de la métrica y en las imágenes que suscitan los recursos retóricos (tema interesante para otra ocasión).
Pero dado que el tema a tratar es la ideología y la extensión de la entrada limitada (gajes del oficio del estudiante), centrémonos en la Parte II y en las ideas que nos ofrece partiendo de unas palabras de Federico García Lorca:

Lo que más alto hace subir el espíritu del hombre, lo único que puede encender en él la chispa divina, lleva en sí, inevitable, el germen de la corrupción.

La chispa divina se enciende en Elvira cuando es amada por Don Félix  (al placer de su corazón se abría, como al rayo del sol una rosa temprana) sin ser consciente de que los sentimientos del donjuán eran falsos y sus intenciones envenenadas. Pero ¿acaso reprimió por un momento la doncella  las fuerzas de su sentimiento? No, se entrega al amor de Don Félix sin contemplaciones (del fingido amador que la mentía, la miel falaz que de sus labios mana bebe en su ardiente sed) y esto la hace feliz (al aire, al campo, a las fragantes flores ella añade esplendor, vida y colores), se siente satisfecha y no duda en “perder su inocencia”. Sin embargo, cuando se da cuenta de que sus sentimientos se han frustrado sucumbe a la desesperación y cae en un profundo delirio. Como en un estado catatónico ella está en medio de un paisaje lleno de luna (blanco, brillante, ¿augur de muerte?) y se lamenta de su propio estado, ni si quiera la propia naturaleza la compadece (Esa noche y esa luna las mismas son que miraran indiferentes tu dicha, cual ora ven tu desgracica); e inconscientemente arranca pétalos a las flores: es el vaticinio que Lorca hará unos años después, esos pétalos marchitos que va dejando atrás son los de su ilusión frustrada, su virtud perdida, la misma virtud que dio a luz un día a ese amor feliz y satisfactorio pero que ahora, ya corrompida, la consume.  A pesar de las imágenes de la mujer esquizofrénica que camina riendo y llorando Espronceda envidia el estado de locura en que se encuentra Elvira (Mas ¡ay! dichosa tú, Elvira, en  tu misma desventura […], vale más delirar sin juicio, que el sentimiento cuerdamente analizar, fijo en él el pensamiento).  La diosa del Siglo de las Luces es despreciada y rechazada por Espronceda, solamente tiene la muchacha un momento de lucidez (¡La razón fría! ¡La verdad amarga!) justo antes de morir y tacha el autor de dura carga al poder del raciocinio; con ella al hombro, Elvira acepta la muerte como fin de su sufrimiento, como castigo por su amor apasionado y pedirá perdón a Dios por su pecado, luego en forma de espectro será el espíritu divino que al donjuán y lo conducirá a la muerte unido a ella en matrimonio. Ni siquiera en ese último momento Don Félix cesará en su rebeldía y desvergüenza.

El sentimiento libre de la represión racional y el refugio en el subconsciente, la Elvira que se entrega al amor y la Elvira que, abandonada, lo evoca en su imaginación. Dos elementos del Romanticismo que ven en esta obra su perfecta escenificación.